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domingo, 06 de noviembre de 2005 |
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Háblame de tus ojos de arcilla
que se ocultan tras la belleza,
de la luz que brilla en la tristeza,
de los huéspedes que te habitan.
Hay miradas opacas que cierran la noche
que emergen del abismo agotadas de temblar,
desde los pies hasta la tierra empobrecida
haciendo de sus pasos una dorada muerte.
Hubo un resplandor en un cruce de caminos
en el quicio de una puerta abierta al universo.
En vano el viento besa su frente pulida
su palpitante corazón de pájaro herido.
Habita en las ciénagas de su carne trémula,
en la fatiga de la sangre densa que le corre
dibujando paisajes extraños en los laberintos
de un cuerpo que cruzó solamente un invierno.
Hace de la verdad inexistente soplos disfrazados
palabras diluidas en un tiempo amordazado
que deja las manos vacías
en los pliegues arrugados de la piel.
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