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Vengo de una tierra de nadie
cruzando senderos en laberintos de espejos,
encontré la aspereza de los cantos
y la soledad nocturna.
En el horizonte luces tenues,
la certeza de ser entre tantos,
águila azabache bajo la tierra errante.
Estoy encadenada al desnudo de mareas
que permite la especie.
Nadie me espera en la atalaya de ayer,
peregriné hasta el precipicio,
un paso antes de desprenderme
acaricié la tierra que guardará mis huesos.
Me cobijo en los senos del invierno,
como pequeña lágrima
en laberintos de grutas olvidadas.
Cartas, papeles en blanco, notas,
invaden la estancia.
Y sin embargo todo era mentira
ingrato como un mal sueño.
Reconozco que soy un arroyo de fuego,
que comienzo cada vez
en la puerta de la muerte,
en la mano que me escribe,
en la fuente de los versos.
Me despojo de la herencia del silencio
desmigo estrellas, sustento almas.
Convocada a vivir quebrantando la ley del silencio
late mi corazón a revoluciones imprecisas,
dentro de una casa grande donde caben los encuentros.
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