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martes, 18 de diciembre de 2007 |
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No hubo hoguera ni ceniza que marcara el sendero,
la oscuridad sembró abrojos en la memoria,
las aves migratorias extendieron las alas
girando sobre cabeza y muros en remolinos ajenos.
Lejos tañe una campana,
el eco trae sus empecinados golpes,
para doblar los cuerpos por las ansias del cayado de la aorta.
Arriba sobre sucias manos juegan las cartas su última partida.
Hicieron el amor con las plantas de los pies,
descubrieron que no estaban solos
mientras clavaron los huesos al sol de mediodía,
entre las sombras celestes.
Pegaron los labios en las entrañas de otro cuerpo,
estallaron luces en las tinieblas
agotaron la sal de las lágrimas
para modular la voz en un nuevo mundo.
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