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lunes, 19 de diciembre de 2005 |
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Arrancaré con mis manos
el atropello de la sangre,
el rayo que atormenta mi sien.
Dando mis primeros pasos
brillante aurora de porvenir.
Mudaré la piel, dejando huesos
plantados sobre la tierra.
Un mundo inocente
cuelga de dos alambres
mi soledad quiere encumbrarlo.
Pobre niña la que lanza risas
en el júbilo de un cristal opaco,
sólo te hiere el rencor
de labios pequeños
que aíslan los besos.
Sobre mi edad corría la noche
fui arando el barbecho,
haciendo nudos de oro,
mitigando horizontes lejanos.
Agradeciendo vivir.
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