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La amarga belleza del vidrio |
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jueves, 14 de diciembre de 2006 |
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Borrando las huellas de ayer dejé un latido de corazón
creciendo en el sendero al ritmo entreabierto
de una suave brisa.
Juro que regresaré a pedir cuentas
a cada piedra de este angosto camino.
Me sobra pellejo de aquel cuerpo
que mermó de ausencia y frío.
No sabía,
yo no podía saber que se abriría
un hueco en las palmas de tus manos
donde diluirme o morir, es lo mismo.
Calor de otro pecho, me dijo,
como si verano u ocaso fuera lo mismo,
o sustituir la cuerda vocal que clama
por vocablos incoherentes al amor.
Siempre que estrujo la noche entre mis manos
o beso un grito perverso me atraviesa de los pies al pecho
la frialdad del vidrio, amarga belleza transparente
que emerge ciega entre las paredes de la alcoba.
Sabiendo que de un manotazo certero
llegará la muerte para poner un punto
entre las fauces del padre y la soberbia de tu voz.
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