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martes, 09 de octubre de 2007 |
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Es una llamada en la inmensidad del desierto,
una brizna de caudal deslizándose en el rodar del agua,
un tiempo asido a la página que comienza.
Marcando indecibles cantos en la aspereza de la lengua,
en la nebulosa que cierra los ojos al filo de la noche.
Cumple con el destino, leyenda de pálidos años,
de caminos en suspenso cuando ahoga el miedo
y la sangre no crepita más que silencio.
Enemigo cruel que traspasa la piel erizando los poros,
esperando morir en el descuido del ángel que la cuida.
¿Para qué le pariste una estrella, o fingiste aliento?
Aquella mañana helada donde el cierzo le apretaba las manos.
No ha de morirse aún y abre los ojos de plata
a la inmensidad que señala los pasos pequeños,
a esa pasión descarnada que late en un cuerpo mortal.
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