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Despierto en mi nada
atada al ronquido profundo de la tierra,
a la triada de mi nombre
escrito sobre desafiantes huellas.
¿Quién eres tú? ¿Quién soy yo?
Cuando caminamos entre cárceles
vertiendo la mirada en infundios necios,
buscando la señal que dignifique
el punto azul del inicio, la palabra certera.
Remo en barca de mimbre
para que todos miren la ligereza de mi recuerdo
alas que huyen apresuradas del fuego del nacimiento,
para llegar a un cielo de cristal
donde peinar mis cabellos
encrespados por la humedad.
Oigo tu voz entre la niebla
aguda como una aguja que traspasa
del costado a las entrañas
dejando a su paso
el cortejo de intestinos
agonizando en su finitud.
Te llamo desde la convulsión de las lágrimas
ensordecida por el último golpe de ser yo misma.
Trasiego en la herida frágil como una nube
girando en el fragor de la tormenta,
hasta morir abrasada en el centro del caos.
Me pierdo en la condena de respirar otra vez
en la dentellada del odio que desgarra mi piel,
en los nombres que tuve y tendré
cuando un fulgor añejo me deslumbra
quemando los ojos que pretendían ver.
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