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No importa el tiempo ni la quietud de las horas
cuando te paras en mi cuerpo tanteando la distancia,
envolviendo mi costado con el silencio de las caricias,
sorprendiendo mi piel con el palpitar de tus manos vivas.
Soy el ala sangrante prendida de una espina.
Ansiosa viajera en una ola, que va del mar a una playa,
de tu lengua a tu saliva, allí donde amanece mujer de agua,
aquí donde permaneces hombre de tierra firme.
Eres el fuego contenido en mis manos,
te derramas en gotas de rocío sobre mi espalda,
bordeando hasta mi vientre un camino de esperanza,
levantando de mi cuerpo el olor a tierra mojada.
Búscame entre los labios, profecías de poetas;
entre los muslos, camelias con perfume de violetas;
sobre los pechos, manantiales que se expanden
en la corteza de la madre tierra.
Construye con tus manos un bosque de colores de otoño
poblado de hadas de noche
que nos cobijen de las miradas mortales,
que nos envuelvan en alas alegres.
Nos fundiremos tú y yo, la otra y él,
después, seremos el arco iris o la tormenta,
o solamente hombre y mujer,
o más... trabajo y libertad.
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