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A Ángel en su 51 cumpleaños
Mi hombre, cuando camina
sin pretender llegar a ningún lado,
tiene el pecho como una montaña escarpada,
talada en abruptas laderas.
En él reposa la espuma de las olas
dejando el salitre entre sus manos
relieve de corteza,
sensibilidad de seda.
Su compañía es un mapa de carreteras,
sube las pendientes
arañando los riscos con amor de sementera,
baja las laderas
dejando un regusto a menta,
merodea sobre pueblos milenarios
arraigando en las almenas,
reposa en los albergues
donde se perdieron las quimeras.
Ese cuerpo de guerrero
en constante competencia
que amaina en las madrugadas
abrazado a mis tormentas,
arrulla remolinos,
acaricia las fronteras.
En los pliegues de su frente
la vida de mil referencias
es amor y lucha,
una banda de pájaros errantes
sobre la inmensidad de la tierra.
Hay un borde en sus pestañas
que dejaron las madres de la tierra,
tristeza y melancolía,
carcajadas y nobleza.
Lleva mi hombre sobre el pecho
una rosa roja de pétalos de terciopelo,
son como agujas las espinas,
tiene los aromas de las rejas
los perfumes de las encinas.
El mundo se desmorona
entre guerras y miserias
los ríos llevan sangre
en el aire las voces de la desdicha,
y mi hombre trabaja en silencio
construye nubes de tibieza.
En las treguas pacta con la luna
un amor apaciguado
una arrebolada lujuria.
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