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DOS VECES FUEGO
No será necesario
llamarte con mis pupilas
Se quedaron yertas
de tanto mirar la caída del astro.
Hubo fuego hasta palidecer
la comisura de mis labios.
Dos veces fuego hasta matar
el semblante de los muertos.
Hasta despertar una edad
traspasada de olvido.
Para que el pájaro quemara
la punta de sus alas.
En una señal equivocada
de plenitud de retórica,
Sí, hubo fuego mi amor
hasta desgastar la quietud de los mares.
Y más, hasta adentrarse en la casa
por debajo de la puerta,
acallando el sueño partido
que golpea la conciencia.
¿Quién puede apagar
el resplandor del arco iris?
Las entrañas de una mujer
que ruge entre la lluvia.
Con el corazón a cuatro labios
en el bosquejo de la tarde.
En el entreacto de desencuentro,
el reloj sin manilla resta distancia.
La voz en menguante decreciendo
de la traquea al metatarso izquierdo,
fragua a golpes de jirones secos
el tiempo prendido del talle.
Saliva amarga como único alimento
mientras la sangre bombea
mariposas encadenadas
en el crujir del estómago.
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